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lunes, 4 de abril de 2011

Reflexión sobre la cantidad de lectura

Me gusta mucho leer. Me encanta leer. Pero cuando la sensación de presión producida por la cantidad de textos acumulados esperando su turno alcanza cierto nivel, creo que es el momento de parar.

En general, cuando cualquier cosa que uno disfruta se convierte en una obligación, germinando la desazón en tu interior, es signo inequívoco de que hay que recuperar el origen.

Se me acumulan los libros, cómics y revistas. Pero en especial, las entradas de blogs que sigo. Navegando por Internet, a lo largo de los años, uno encuentra multitud de grandes escritores, personas interesantísimas y opiniones constructivas. Poco a poco, todas estas páginas se van agrupando, convirtiéndose casi sin que te des cuenta en una montaña, que hay que saber gestionar.

Una vez más, Internet ha cambiado la tramitación y lo que antes suponía un coste, tanto económico (el pago) como físico (el hecho de ir a comprar), ahora ha sido sustituido por el simple click que requiere suscribirse al feed de otro blog. Otra pequeña roca en la ya incipiente montaña.

A la vez que aumenta la cantidad de cosas que uno quiere leer, el tiempo disponible va disminuyendo. La inconmensurable expansión de opciones de entretenimiento y ocio que se te abre ante los ojos es exigente, y requiere una capacidad de elección y decisión que no todo el mundo está dispuesto a desarrollar. Muchos prefieren alimentarse de lo primero que tienen delante, consumiendo con la misma velocidad con la que olvidan, para dejar hueco a lo siguiente, sin apenas haber marcado huella en ellos.

Cada vez que borro un feed de un blog del Google Reader siento una pequeña gran reticencia, pensando en todos aquellos grandes (seguramente no tanto) escritos que me voy a perder. Pero a la vez, siento una pequeña liberación, una roca menos en mi montaña. El objetivo: conseguir sacar el mayor provecho de una colina.