viernes, 22 de noviembre de 2013

50 años sin Kennedy

¡Hay que ver como era el mundo a mediados de los sesenta!

Había esperanza.

Se salía de un tiempo de guerra, de la Gran Depresión, de la Guerra Fria, y de gobiernos mas o menos autoritarios en todas partes.

Era un mundo todavía patriarcal, conservador, de camisas blancas y corbata. De sombrero. De la mujer en su casa.

Y entonces llegó la televisión. Y allí brilló un político joven y atractivo. Un hombre que tenía un discurso de ilusión, de ganas de ir hacia adelante, de cambiarlo todo.

Nadie daba un duro por él. Era católico y eso parecía ser un impedimento decisivo en Estados Unidos. Era liberal, era rico y parecía el prototipo de la juventud dorada del nuevo imperio mundial.

Contra todo pronóstico ganó las elecciones a Richard Nixon, (que luego volvería), y juntó una administración de jóvenes brillantes de Harvard y Yale, con el impulso que le daba no ya solo la gente de aquel país sino de todo el mundo.

Todo el mundo creyó que se podía ir a mejor.

Parecía que se podía acabar con el enfrentamiento con el comunismo, que se podía mejorar la situación de los más pobres, que se podía acabar con el racismo, que se podía conquistar el espacio, y en definitiva que una nueva generación había llegado para dar la vuelta a la sociedad como un calcetín.

Su administración no estuvo exenta de polémicas, como el ataque a Cuba, la crisis de los misiles, y la escalada en Viet Nam, pero todo el mundo pensaba que eran peajes que había que pagar al llamado "complejo económico-militar", que había regido los destinos del mundo desde la II Guerra Mundial.

El pasaba por encima de todo como un héroe mitológico.

Sus fotos eran siempre portada, su iconografía captaba la atención de las masas y también de las élites.

Y luego, un día tal como hoy hace 50 años, llegó la noticia de su asesinato.

El mundo enmudeció.

Las imágenes del coche por aquella avenida de Dallas, su mujer queriendo recoger la parte del cráneo que había salido despedida, la jura de Johnson en el avión, el funeral, todo aquel dolor colectivo, aún hoy ponen los pelos de punta.

No creo que Lee Harvey Oswald, tuviese en aquel momento una idea cabal de lo que estaba haciendo.

No estaba matando a un hombre.

Estaba matando un sueño.

50 años más tarde podemos decir que el mundo no se ha recuperado.

Creo que solo el asesinato de Julio Cesar puede compararse al de John F. Kennedy en consecuencias duraderas en la psique colectiva.

Desde entonces sabemos que no hay nada que hacer.

  

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