lunes, 8 de junio de 2015

Campesinos búlgaros huyendo de la vacuna

En una de las novelas del genial Enrique Jardiel Poncela, uno de los pocos escritores elegantes y humoristas que ha dado este país de tremendismos y malas pulgas, unos personajes contemplan un cuadro que acaba de ganar un premio y que lleva el título que precede a estas líneas.

En los años veinte cuando se escribió el libro, Bulgaria era un país nuevo y atrasado que vivía mas o menos en la edad oscura, y en la que la ignorancia de los campesinos se daba por supuesta.

Por eso el que huyeran de la vacunación resultaba gracioso.

Como cuando un niño huye de la verdura a la hora de la cena.

Lo malo es que pasado casi un siglo y sigue habiendo gente que huye de las vacunas, aunque ahora la razón no es el pánico a la modernidad, sino que es el miedo a oscuras conjuras de las compañías multinacionales empeñadas en dominar nuestros cuerpos y nuestras mentes.

Hay también gente que dice que en la Biblia no se habla de vacunas y que por tanto si Dios no habla de ello es porque no será nada bueno.

Pero me interesan más estos nuevos modernos que quieren vivir "en la naturaleza" y que se rebelan contra vacunas, pesticidas, transgénicos, energía nuclear etc.

Siempre me ha parecido bastante obvio que la naturaleza es poco saludable e incluso puede ser bastante hija de puta, y que desde que el hombre comenzó a hacerse cargo de su explotación hace ahora mas o menos diez mil años, todos nuestros esfuerzos han ido encaminados a modificarla y a defendernos de ella, pero hay gente que opina que no.

Lo cierto es que la naturaleza está llena de plagas, enfermedades, sequias, inundaciones, pedriscos, hambrunas y otros accidentes, y que cuando los humanos vivíamos en "comunión con la naturaleza", la esperanza de vida era mas bien corta.

Y no digamos la esperanza de comer todos los días tres veces, que era mas bien remota.

De hecho nuestros abuelos huyeron de la naturaleza en cuando pudieron para venir a vivir en la contaminación urbana, lo mismo que sucede hoy con los africanos y los asiáticos.

Una de las cosas que mas gracia me ha hecho en mis viajes por el sur de Africa es darme cuenta que los únicos que van de camping a la naturaleza son los blancos.

Debe ser que los africanos negros tienen todavía la naturaleza demasiado cerca como para querer volver.

Supongo que si a mi abuelo le hubiese dicho que me iba al desierto a dormir en el suelo hubiese pensado que estaba loco y se hubiese reído de mi.

Pero hay gente que al parecer ha olvidado todo esto y quiere volver a esa arcadia feliz en la que la mortalidad infantil era del 50%, y en la que las plagas de langosta provocaban hambrunas que diezmaban a la población cada dos por tres.

También han olvidado las epidemias de cólera o difteria que en España produjeron auténticas catástrofes no hace tanto tiempo.

O de la polio que duró hasta bien entrados los años sesenta.

Es cierto que las multinacionales farmacéuticas han ganado mucho dinero, pero el ganar dinero no quiere decir que necesariamente lo hagan a base de hacer el mal.

La idea de que vivimos en una permanente conjura de los poderosos hace cometer muchos disparates a mucha gente.

Y se olvida que la naturaleza tiene elementos muy malignos que solo controlamos con mucho esfuerzo.

Si seguimos explotando el planeta sin control ciertamente terminaremos en una catástrofe general, pero si pretendemos vivir al margen de los avances de la ciencia y la tecnología, es muy probable que la catástrofe sea mucho mas inminente y personal.

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