En este caso habla de la cuesta de Moyano y su valor como refugio de libros antiguos. El hombre se lamenta de la poca afluencia que tiene esta castiza calle madrileña, de lo mal que va el negocio para los libreros que día sí, día también, pasan la jornada en las casetas tratando de vender algo.
Argumenta Arturo que los libros no son caros, como mucha gente se empeña en señalar como excusa a la hora de recurrir a las descargas de Internet. Que en esta calle uno puede encontrar 3 ó 4 libros por el precio de una caña y una tapa. Así, quien no compra un libro es porque no quiere, o porque no lee, dice. Y es cierto, nunca he pensado que comprar un libro sea algo inalcanzable para alguien que realmente quiera hacerlo. Y si bien los libros antiguos, liberados de las restricciones impuestas por las editoriales, alcanzan precios más que razonables, el precio de los libros en nuestro país es desorbitado en comparación con lo que uno puede ver en otros países del mundo. Escudados en las ediciones de tapa dura, uno se encuentra con precios que doblan los ingleses o franceses. Siempre recurro al ejemplo de La Sombra del Viento, más caro en España que en UK traducido al inglés. Tiene bemoles la cosa.
Así que, Arturo, tiene usted razón, el que se descarga un libro rara vez lo hubiese comprado (como igual ocurre con las películas o series), y este país no se caracteriza precisamente por su afición a la lectura. Pero también hay que entender que el negocio de los libros está en plena mutación y la cuesta de Moyano, por mucho que nos duela, quedará como un pequeño reducto para nostálgicos como usted. Otros tantos como yo, preferimos husmear en el catálogo del Kindle.


