sábado, 12 de noviembre de 2016

Mi (pequeño) homenaje a Leonard Cohen

Una noche del invierno de 1972 me invitaron a cenar en casa de un matrimonio canadiense. Eran miembros de la pequeña comunidad Bahai, una religión muy minoritaria que cree que la revelación se va entregando por capítulos en las diferentes épocas de la humanidad y que ha sufrido persecuciones implacables desde que se fundó en los primeros años del siglo XX en Irán.

Después de cenar mientras hablábamos pusieron un disco de un cantante canadiense para mi desconocido que se llamaba Leonard Cohen.

Era su primer disco, el de la canción Suzanne, y desde las primeras notas me quedé enganchado.

La religión Bahai se quedó atrás pero Cohen se quedó conmigo para siempre.

Cuando llegó la compañía CBS a España comenzaron a editarse sus discos, y luego tuvimos aquí su primera actuación cuando ya se había editado su tercer disco.

Aquellos primeros discos son todavía una maravilla que se escucha con la misma sensación de estar asistiendo a una ceremonia de deslumbramiento que cuando los escuchamos por primera vez.

También por entonces se publicaron sus dos novelas, El juego favorito, (una especie de auto-biografía), y Los hermosos vencidos, que iba de religión y sus consecuencias.

Y también sus primeros poemarios.

La literatura nos servía para entender que Cohen no era un cantante al uso aunque se expresase como tal, y que cada canción era en realidad una pequeña historia sobre la soledad, las relaciones humanas, el amor y la muerte.

Así que aunque Cohen vivía como un cantante en gira permanente, en realidad no dejaba de ser un poeta que ponía música a sus poemas.

No tenía la fuerza arrolladora de Dylan, ni tampoco su capacidad para adentrarse en los géneros diversos de la música popular.

Cohen era siempre Cohen, aunque recurriese a producciones almibaradas o sometiese sus temas a ritmos sincopados.

Luego dejó de cantar y desapareció durante años hasta que la ruina económica le forzase a salir de nuevo de gira y a generar nuevos discos.

Su voz se había cascado y practicamente ya solo susurraba, pero sus actuaciones le granjearon una nueva popularidad. A su vejez se había vuelto accesible a nuevas generaciones que le escuchaban por primera vez.

El pasado lunes recibí su último disco y me lo llevé para escuchar en el coche.

Nada más empezar la primera canción me di cuenta de que este era un disco especial.

Mucho mejor que sus últimos trabajos. Mucho más inspirado. Trascendente incluso.

Y me di cuenta de que era su despedida. I am ready my Lord dice uno de los versos de la canción.

Y efectivamente esta semana llegó la noticia de su muerte, que debió conocer con la suficiente antelación como para escribir estas últimas y emocionantes canciones.

No se suelen escribir canciones sobre la muerte. No al menos de la muerte entendida como la propia desaparición. Y Cohen lo hace con su habitual elegancia y a través de imágenes poéticas muy emocionantes.

Así que desde aquella Suzaanne que te llevaba a su casa junto al río hasta esta oscuridad presentida y esperada son serenidad mientras se fuma un cigarrillo, la obra de Cohen nos ha regalado muchos momentos de paz y también de alegría.

Y lo ha hecho con sencillez y humildad. Sin gestos de divismo. Transmitiendo cercanía y gentileza.

A mucha gente las canciones de Cohen les parecen melopeas aburridas. Para mi siempre fueron como destellos de luz y compañeras de camino.

Y lo seguirán siendo.



          

jueves, 10 de noviembre de 2016

Los medios se explican

Está siendo muy divertido ver, escuchar y leer las "explicaciones" que los diferentes medios, articulistas, expertos, comentaristas, tertulianos y otras especies están proporcionándonos a los sufridos ciudadanos sobre el triunfo de Donald Trump.

La verdad es que pocas veces se ha hecho tanto el ridículo en los tiempos modernos como lo han hecho toda la tropa de "enteraos" que se ganan muy bien la vida a base de sugerir constantemente que ellos si que tienen un enlace directo con "la verdad".

Y resultaría muy cómico sino fuese porque en realidad la situación de los medios de comunicación es otra de las tragedias de nuestro tiempo debido al empobrecimiento de su capacidad para escrutar la realidad. Años de precariedad laboral, reducción de plantillas y dedicación a la triste tarea de ser portavoces de partidos políticos y centros de creación de historias políticas, han dejado a los medios como boletines ideológicos o tablones de anuncios de los mil caraduras que pueblan los salones del cotilleo y la maledicencia.

¿Para que ocuparse de la realidad, si la realidad es tan fea y triste?

Es mucho mejor ocuparse de las "celebrities" y sus historietas inventadas por departamentos de relaciones públicas, o ser directamente portavoces oficiosos de este u otro partido.

Vivimos en un tiempo en el que los escritores de historias y diseñadores de posicionamientos son mucho más listos y tienen más medios que los periodistas.

Y las historias, los relatos, los cuentos y las narraciones ocupan todo el espacio posible.

Veo "avezadas reporteras" "empotradas" en los carros de combate del ejército iraquí que nos cuentan como este ejército va de victoria en victoria. Veo más reporteras, (ahora son siempre reporteras), que reciben en las playas a los inmigrantes que casualmente desembarcan delante de ellas. Veo más reporteras en los cuarteles generales de este o aquel partido, (empotradas también). Veo legiones de periodistas que se van a Washington a "seguir" las elecciones de aquel país, (como si no pudiesen seguirlas desde aquí). Veo corresponsales que nos cuentan lo que ya hemos sabido horas antes por internet, y así todo.

Solo de tarde en tarde, un grupo de periódicos paga entre todos a algún experto de verdad y este nos cuenta una historia al estilo de la revista Rolling Stone, o sea novelando, y eso por lo menos se puede leer, aunque tampoco nos informe de nada.

Vivimos en la era de la información y resulta que estamos peor informados que nunca.

Eso si. Recibimos montañas de "información" cada día. Información de la que solo se puede estar seguro de una cosa: es información cocinada no por los periodistas sino por quien se la ha proporcionado al periodista de turno.

Y como la cocina que más funciona es la de partidos y ONGs, pues lo que resulta es una mezcla empalagosa de mensajes buenistas y teorías beneficiosas para este o para aquel.

En esta ensalada de certidumbres y verdades incontrovertibles la realidad resulta muy incomoda. Así que la ignoramos. Y en consecuencia la imagen que nos formamos del mundo en que vivimos resulta tranquilizadora y digerible.

Es una proyección de una realidad virtual que se administra en capas como un hojaldre.

La primera capa, la más basta, es para las masas iletradas. A esos con despacharles unos brochazos de apariencia mezclados con dosis abundantes de "entretenimiento" ya les vale.

Y luego a los demás nos despachan con historias un poco más elaboradas en las que se mezclan un poco de intrigas palaciegas partidistas, un poco de economía para "enteraos" y un poco de conspiraciones intergalácticas, y nos despachan igualmente.

De todo con tal de que no miremos a nuestro alrededor.

Nos hacen mirar hacia los Pedritos, los Pablitos y los Marianitos, y mientras el mundo sigue y así vamos pasando el tiempo.

Casi siempre consiguen su objetivo, para que nos vamos a engañar.

Tontunas como "las primaveras árabes" nos las tragamos como si tal cosa. "El final de la crisis" nos parece estupendo. "La creación de empleo" también.

Hay estadísticas de todos los colores que demuestran lo que se quiera demostrar. Hay estudios de tendencias y análisis pormenorizados. Hay opiniones de expertos.

Cada día se llenan las páginas (muchísimas) de los periódicos sin que falte ninguna por rellenar.

Y nos cuentan las historias de turno sin que se les caiga la cara de vergüenza.

Y cuando se columpian como en el caso Trump no piden disculpas ni entonan el mea culpa. No. Nos explican porqué ha sucedido lo que ha sucedido.

¿Y por qué no lo explicaron antes?

La razón es muy sencilla: nadie les pasó un sobre con la historia de lo que iba a pasar.

Les pasaron sobres con las historias que querían que pasaran.

Y eso fue lo que nos contaron.

A lo mejor si hubiesen enviado corresponsales a los lugares apropiados con antelación, en vez de enviarlos a los cuarteles generales de los partidos el día de las elecciones, hubiesen estado un poco más enterados de la realidad.

Pero eso hubiese ido en contra de la historia oficial.      

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Gana el cabreo

El cabreo de la gente era mucho más grande del que nos imaginábamos. O mejor dicho mucho más grande de lo que los medios de comunicación nos dejaban ver.

Los medios de comunicación, como expresión de las élites dirigentes, han estado ocultando la realidad y formando o intentando formar, estados de opinión alternativos y dirigiéndonos en el camino correcto.

Todos los medios importantes de los USA y desde luego en España, han estado a favor de la candidata del sistema. Ni siquiera en nuestro caso los medios más representativos de la derecha recalcitrante daban un duro por Trump.

Trump era un payaso y solo se podía votar por Clinton. Sobre todo si eras mujer, negro, hispano o simplemente si no eras un necio.

Pero esa no era la cuestión.

La cuestión era que en los USA, como sucede en la UE, millones de personas están hartas.

Hartas de la globalización. Hartas de revolución tecnológica. Hartas de emigración. Hartas de economistas. Hartas de Wall Street. Hartas de ser unos parias perdedores.

Las élites mundiales pusieron en marcha los procesos de globalización y liberalización de los mercados hace ya más de treinta años. Y los políticos todo lo justificaron.

Si, decían como papagayos, tendremos que hacer concesiones pero al final la economía creará puestos de trabajo alternativos a los industriales a los que se van a perder y que serán mejores y más sostenibles.

Si, decían, pasaremos por turbulencias pero al final el enriquecimiento general será mucho mayor y habrá un sitio para todos.

No hubo críticas. Cerraron las industrias y tomaron el poder los financieros.

Las bolsas de valores comenzaron a echar humo y explotaron varias veces. Mucha gente se hizo rica y otras perdieron hasta la camisa.

Luego nos dijeron que había que ser propietarios y que entrábamos en una era de capitalismo popular.

Y que pidiésemos prestado. El resultado todos nos acordamos cual fué.

Y ahora nos dicen que seamos emprendedores y nos busquemos la vida.

Y al tiempo, la revolución tecnológica iba destruyendo las bases del sistema de empleo tal como lo habíamos conocido y nos había hecho entrar en un mundo interconectado y en gran medida alienado a través de unos juegos omnipresentes que nos permiten vivir alelados.

Pero se ve que esto no es suficiente.

El monstruo populista comenzó a asomar la patita en Francia, pero asomó la cabeza en el Reino Unido. Los movimientos nacionalistas, e incluso abiertamente racistas y xenófobos, avanzan en toda Europa del norte y centro, mientras que en el Mediterráneo lo que avanza es la versión izquierdista del mismo tsunami anti-sistema.

La gente está harta.

En nuestro país, donde somos unos ilusos y tenemos un escaso amor propio hacia nuestro patrimonio, nos creemos que todo se puede cambiar a base de darle a la maquinaria del gasto público, pero en los países más frios, avanza la idea de que hay que defender lo que se tiene y no dejar que los "otros" se coman la ya escasa ración que va quedando en nuestro plato.

Avanzan el nacionalismo, los proteccionismos, y los populismos.

Avanza el sentimiento de que hasta aquí hemos llegado.

No se si algo pasará a partir de este cataclismo electoral.

Pero creo que ha llegado la hora de revisar los presupuestos que pusieron en marcha la revolución liberal y sobre todo de comprender que no se puede seguir abusando de la paciencia de la gente.

Vale que la ortodoxia económica sea tenida en cuenta, pero no se pueden ignorar sus consecuencias.

Yo no estoy a favor de los populismos, pero no se pueden ignorar las causas que hacen que la gente los vote.

Porque, como ya se ve, pueden ganar.          

martes, 8 de noviembre de 2016

Lo que va a pasar, pase lo que pase hoy.

Hoy se la juegan dos personajes de aupa.

Por una parte Hillary Clinton, que es una política con mas conchas que un galápago, y que ha pasado por la amarga experiencia de ser segundona después de ser una estudiante prodigio y una persona con toda la vida por delante.

Por otra, el "magnate" Donald Trump, un chico de buena familia dotado por la vida para ser un depredador, que ha conseguido pasar por encima de los cadáveres de sus enemigos y también de sus amigos.

Y en medio el pueblo de los USA y todos nosotros detrás.

Pero eso no es lo que juega.

Lo que se juega es el final de la etapa de liberalización y globalización que se decretó por parte de las élites mundiales durante los años ochenta.

Es uno de los grandes movimientos de la Historia que ha tenido tres efectos.

El primero, por poner el más positivo, es el haber acabado casi por completo con la pobreza extrema de cientos de millones de personas en todo el mundo especialmente en Asia y Africa.

El segundo el de haber creado fortunas gigantescas, inéditas en el pasado, para los héroes de este tiempo, los grandes innovadores desde Gates a Amancio Ortega, y los depredadores de la bolsa y el mercado de capitales, que ha sido la cueva de Alí Babá de esta época.

Y el tercero, y más importante para nosotros, la destrucción del tejido industrial en los países del primer mundo, con la consiguiente crisis de las clases medias y el cabreo generalizado del personal, al que primero le han quitado el empleo y después le han dicho que vive por encima de sus posibilidades y que tiene que buscarse la vida.

Y esa gente está muy enfadada y mira a las clases políticas como cómplices del desbarajuste causado, lo que es la pura verdad, y como mamporreros de los poderosos a la hora de reducir el "estado social" verdaderamente insostenible después de la destrucción de la industria.

La señora Clinton es una representante de esas clases políticas que son percibidas como cómplices y mamporreros, y despierta las simpatías justas.

Pero es cierto que la gente sensata se da cuenta del peligro que representa Trump y sus recetarios milagrosos y prefiere malo conocido a peor por conocer.

Trump, es en Estados Unidos lo mismo que Tsiripas E Iglesias en Europa. Lo mismo que los payasos del Brexit, y lo mismo que el zar Putin. Es decir un salto al vacío  y la vuelta a un pasado mitificado y por supuesto irrecuperable.

Pero el problema es cada vez mayor.

El populismo atrae cada vez a más gente a quien ni le importa la coherencia del sistema ni que se acabe el mundo mañana. Total ¿que más da? si te han echado del sistema y eres un paria universitario que a los cuarenta años va de trabajo temporal en trabajo temporal y tienes que vivir con tus padres, ¡que se vayan a la mierda los coherentes!

Y eso es una bomba que se va cebando y que va a terminar explotando.

Si combinamos esta inestabilidad social con el cambio climático y su creciente aceleración tenemos una situación muy peligrosa que supongo ya preocupa a los que dirigen el mundo desde sus fundaciones y centros de estudios.

Y eso va a tener que cambiar.

Pero naturalmente no será gratis porque en este mundo cada vez que se toca la estructura económica del mundo alguien sale perjudicado.

Sea Hillary o Donald el próximo ocupante de la Casa Blanca, el movimiento que ha puesto en marcha Trump va a tener que ser tenido en cuenta y eso no se arregla con unas cuentas de cristal y unos espejitos.

La gente quiere la vuelta de los empleos y del dinero para gastar y si no quiere ver a los políticos arrastrarse por el fango, (o en la guillotina como en el París de Robespierre).

Y lo mismo pasa en Europa.

Proteccionismos, barreras a la emigración-inmigración. dinero para repartir (salga de donde salga), y mas obras públicas. Eso es lo que viene.

Trump, los del Brexit y Podemos van ganando. Que nadie se engañe.      

jueves, 27 de octubre de 2016

Los cinco en el país de los buenistas.

La noticia de la re-edición de la serie Los Cinco, de la escritora británica Enid Blyton, eliminando de sus textos todas las referencias y alusiones "machistas y racistas", no es desgraciadamente una novedad.

Los herederos de la señora Blyton han considerado que los intereses, sus intereses comerciales, están así mucho más protegidos y no les falta razón.

En un mundo en el que la religión buenista-feminista avanza a toda máquina, de forma muy parecida de hecho a como lo hizo la religión cristiana, es decir a base de imponer dogmas y dar por buenas presunciones como si fuesen verdades científicas.

Y naturalmente uno de los campos de batalla de esta religión, como lo fué para las anteriores, es la educación de la juventud.

Hay que construir las bases de los nuevos cultos desde el principio y evitar cualquier intento de pensamiento crítico.

Se llame Educación para la Ciudadanía o se llame como sea, el intento de generar un pensamiento único, se desarrolla a través de de dar por buenas, y mucho más allá, de establecer como verdades "indiscutibles", afirmaciones que carecen completamente de rigor.

Como en los años cuarenta o cincuenta cuando Blyton escribió sus obras no se sabía que la mujer "tenía que ser absolutamente igual" que el hombre, o que los chicos tenían que ser educados en la costura a fin de evitar planteamientos sexistas, los chicos y chicas que viven las aventuras que a tanta gente han deleitado a lo largo de varias generaciones, viven unas vidas llenas de roles proscritos y rechazados por los sacerdotes del buenismo.

Que decir de la cuestión racial.

Para los buenistas las razas no existen. Todo el mundo sabe que un pastor alemán es igual que un caniche. La naturaleza que tanto quieren proteger los buenistas está llena de ejemplos de igualdad. Cebras que comen leones, conejos que vuelan, hormigas que viven solas, etc.

Así que, ¿como tratar las diferencias raciales?

Pero nada, como el buenismo es una religión, que nadie dude de que llagará un día en el que Otelo, será "el norteafricano de Venecia", y Cenicienta será Ceniciento para evitar la identificación de roles sexistas.

Mi única esperanza es que la juventud siga en su dinámica actual de buscar la ley del mínimo esfuerzo que les lleva a manifestarse contra las reválidas en compañía de sus papás y profesores, que al parecer, comparten su odio a la competitividad y al esfuerzo.

También me llena de esperanza el ver a los chicos de Lugo partiendose la cara en combates jaleados por sus compañeras de clase.

Se ve que la naturaleza piensa seguir su curso inalterable ante la nueva religión y sus dogmas, como por otra parte ha hecho siempre ante los sucesivos intentos de control de nuestras vidas por parte de religiones inspiradas por un Dios, que al parecer no tiene nada mejor que hacer.

Tendría que surgir un nuevo Nietzche para escribir una nueva "Genealogía de la Moral" y explicarnos de donde ha salido esta nueva impostura intelectual que es el buenismo-feminismo.

Yo de momento me conformo con denunciar el hecho de que estamos asistiendo a un proceso en el que participan una buena parte de la clase política y periodística, opinadores y predicadores, en el que se está dando forma a unos nuevos mandamientos de la ley de Dios, y que de la misma forma en que los poderosos se apuntaron al cristianismo, ahora se apuntan al buenismo.

Cuando queramos reaccionar será tarde y como le pasó al emperador Juliano, ya no será posible dar vuelta atrás.

Lo de Los Cinco parece una tontería pero no lo es.

Cuando se juntan muchas tonterías se convierten en un cambio cultural.

Y luego viene la edad oscura que dura mil años.

Cuidado.          

jueves, 20 de octubre de 2016

Gramsci o Mussolini

Reivindican los podemitas su parentesco con Antonio Gramsci, un teórico de la revolución adscrito al Partido Comunista Italiano, PCI para los amigos, y no dudo de que sus líderes lo hayan leído. Confieso que yo lo intenté sin éxito. Incluso más. En un acto de falta absoluta de imaginación política tiré al contenedor del papel los dos libros que yo guardaba del teórico italiano, en una de las razzias que he efectuado sobre mi biblioteca es estos últimos años, siempre interrogando a cada libro: ¿te voy a volver a leer?

Ya se ve que los libros de Gramsci me dijeron que no.

Así que no puedo estar muy seguro de si la técnica de los escraches o los piquetes anti-policiales de los podemitas responden a consignas de Don Antonio, o tienen otras fuentes.

De momento la estética de los revolucionarios a mi me parece sospechosa.

¿Pasamontañas y pañuelos palestinos?

A mi eso me recuerda poderosamente a los etarras y también a los independentistas catalanes cuando se ponen a quemar banderas.

También la actitud matonesca me recuerda igualmente a las bandas nazis o a los escuadrones fascistas de don Benito Mussolini.

¿Y la imagen de los líderes podemitas?

A mi me parece que ellos nos recuerdan a los descamisados de Don Domingo Perón, otro de la cuerda de Mussolini.

Tomar las calles, poder popular, la dialéctica de los puños y las pistolas....

¡Que recuerdos nos traen estas animosas consignas!

La marcha sobre Roma, la noche de los cristales rotos, la quema del Reichstag....

Si. Pablito Iglesias se parece más a Mussolini que a Gramsci.

Es más, su tono chulesco y arrabalero es típicamente fascista.

Con un punto de histrionismo operístico en todo el montaje: Iglesias el tenor, Errejón la soprano (o contratenor que no se enfade), Monedero el barítono y Bescansa la mezzo, todos ellos arropados por el coro palestino entonando el coro de Nabucco.

Y los concejales de Madrid defendiendo a los extranjeros amotinados en lugar de ocuparse de la limpieza de las calles que es su obligación.

Sacar la política del debate y llevarla a las calles es un asunto endiablado.

Como diría Gramsci, objetivamente contrario a los intereses de la clase obrera.

Porque a la clase obrera, como a los burgueses, les gusta comer todos los días y poder limpiarse el culo con papel higiénico, un artículo que misteriosamente siempre desaparece de las tiendas en las democracias populares.

Habría que recordar a Iglesias y colegas, que a veces se comienza como líder popular y se termina como dictador carismático.

Eso es lo que le pasó a Don Benito

 
    

miércoles, 19 de octubre de 2016

Emigrantes y revolucionarios

Una vez más, y no será la última, los "emigrantes" ilegales, o sea las personas que entran en el territorio de soberanía española sin aportar datos de identidad ni solicitar el correspondiente permiso, crean una situación que pone de manifiesto las contradicciones de nuestra forma de tratar este problema.

Vivimos en sociedades en las que parece imposible que las fuerzas políticas, y desde luego, los distintos grupos que componen la sociedad, se pongan de acuerdo incluso en las cuestiones más básicas.

Hemos llegado a un punto en el que la objetividad ha desaparecido de nuestras vidas y la subjetividad reina sin compromisos.

Lo que para unos es evidente para los otros es discutible o falso directamente, Los principios básicos de la contabilidad se ponen en duda. Y lo que para unos es una amenaza, para los otros es una bandera.

Así estamos en toda Europa. Y esto está creando el terreno propicio para una polarización creciente entre los que piensan blanco y los que piensan negro.

En España, esta situación se ha cargado al PSOE y ha aupado al PP, al tiempo que ha emergido ese desfile de espectros del pasado que se llama Podemos.

Pero esto no es una cuestión de siglas, ni tampoco de planteamientos, sino una anticipación de un mundo en el que vamos a volver al "estás conmigo o contra mi", que tantas desgracias nos ha traído.

Y la emigración es uno de los campos de batalla de los antagonistas en este duelo a muerte.

No parece haber manera ya de reconducir esta cuestión a un debate racional y moderado sobre esta cuestión.

Y la prueba es la actitud de los concejales podemitas de Madrid que se presentan a las puertas de un centro de acogida en el que se han amotinado sus allí recogidos.

Los concejales podemitas se han presentado allí para: "proteger los derechos de los emigrantes", frente a las fuerzas del orden españolas que intentan controlar el motín.

Esta actitud, tan cercana a los etarras y a los independentistas catalanes, es una muestra de la situación de enfrentamiento a que hemos llegado y que ha separado la sociedad española en dos partes: la de aquellos que quieren vivir en una democracia europea y los que prefieren vivir en democracias "populares".

El hecho de que en la ciudad de Madrid "gobiernen" estos partidarios del "poder popular" nos da idea de la magnitud del problema.

La política normal está entrando en una situación de hibernación.

Ahora tenemos que elegir entre los que nos permitan mantener un sistema simplemente racional y aquellos que pretenden cargárselo.

O sea que vamos a un partido gobernante único, con lo que eso significa en términos de corrupción moral y política, o a la revolución.

Muy mal asunto.  

  

viernes, 14 de octubre de 2016

Correa y las cabezas de turco

El catolicismo nos ha legado un tipo de mente perfectamente adaptada al mecanismo culpa-redención.

Todos sentimos la culpa en muchas ocasiones de nuestra vida, y todos estamos más que dispuestos a redimirnos con un padrenuestro o mucho mejor todavía con un cabeza de turco que con su sacrificio penitencial nos redime a todos de la culpa.

Este mecanismo tenebroso está tan interiorizado en nuestra conciencia que ya ni nos damos cuenta de como funciona y nos parece de los más normal que unos pocos paguen por los pecados de todos o casi todos.

Cuando se castiga a la víctima propiciatoria todos emitimos un suspiro de alivio, porque sabemos que ahí se acaba todo. Paga uno y los demás a seguir pecando.

Es desde luego una ventaja competitiva del catolicismo respecto a otras versiones del cristianismo empeñadas en la responsabilidad individual y en el trato personal con el Supremo Juzgador.

Y esa forma de entender la vida la vemos todos los días en los medios de comunicación, donde se escenifica precisamente el auto de fe correspondiente y se ejecuta sin piedad al cordero sacrificial.

Correa es uno de esos corderos.

Naturalmente que es un pecador. Y además un chulo.

Eso le pone en el lugar perfecto para ser escogido como cordero y centro de todos los que quieren lanzar la primera y las subsiguientes piedras justicieras.

Los mismos que le sonreían y le daban palmadas en la espalda y largos abrazos fraternales, ahora le niegan cualquier reconocimiento. Nadie está dispuesto a confesar que un día le vio o que estuvo encantado de conocerle.

Hacía los trabajillos sucios de partido de turno y traía un dinero que venía siempre bien.

Nadie preguntaba de donde salía para tanto gasto, y cuanto mas altos estaban los jerifaltes, menos conocían a Correa y a los tesoreros de turno.

Ellos, los líderes, se mantenían al margen de esas bajezas del dinero, y para eso ya estaban Luis el cabrón y Correa y su escudero payaso bigotes.

Si, les llegaba un buen regalo de vez en cuando, recibido con cordial desapego, porque ellos se lo merecen todo pero nada más.

Si, ya sabían ellos que tanto gasto y tanta campaña valían más de lo que se ingresaba por los medios legales, pero total, eso son menudencias y asuntos para los fontaneros que para eso están.

Y cuando la Justicia justiciera comienza a sacar los trapos sucios, todos ponen cara de indignación y dicen que eso son campañas de difamación primero, y luego que la culpa, la grandísima culpa, es de Bárcenas y Correa, esos grandes pecadores.

Los demás son "víctimas de la trama". Chúpate esa teresa.

Bárcenas es retratado como una especie de Al Capone y Correa como una nueva encarnación de Mefistófeles que ha prestado sus bigotes a su acólito más bajito y por tanto ridículo.

Ellos son los pecadores primigenios. Son antipáticos, chulescos, brillantinosos, ropa cara, gesto altivo, o sea como Don Rodrigo en la horca.

Que bien vienen los Correas a los poderosos.

Mientras sirven a sus propósitos palmaditas en la espalda.

Cuando se vuelven molestos perfectos cabezas de turco.

Pero, ¡que listos son los poderosos!  

jueves, 13 de octubre de 2016

El gran Robert Zimmerman

Escuchar los comentarios despreciativos, con ese aire de superioridad paleta tan nuestro, que ha suscitado el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura a Robert Zimmerman, alias Bob Dylan, me ha producido una vez más una mezcla de desaliento y vergüenza ajena.

He escuchado que por qué le tienen que dar el premio a Dylan y no a Joaquín Sabina. En fin, no damos para más que se le va a hacer.

Yo comprendo que para quienes el idioma ingles es un arcano como los jeroglíficos hititas, comprender el alcance de la obra de Dylan es complicado, y que para aquellos que le consideran un cantante pop, Dios bendiga su ignorancia, resulta como una broma esta decisión del jurado del Nobel.

Pero el caso es que no lo es.

Para empezar, si nos vamos a los manuales de literatura universal, veremos que el primer capítulo suele estar dedicado al mestér de juglaría, que no es otra cosa que lo que hoy llamamos canción popular, solo que sin el gramófono y todo lo que ha seguido.

No comprendo por qué unos versos cantados en una plaza pública si son poesía, y los que son interpretados en un estadio de futbol no lo son.

La literatura va evolucionando como todo en esta vida, y tan literario es el Cantar del Mio Cid, como los guiones de los Soprano, y desde luego, las canciones de los juglares de hoy también son literatura. En algunos casos alta literatura y en otros, los más, literatura basura, pero literatura.

Y lo mismo se puede aplicar a las novelas. Las hay buenas, malas y malísimas.

La aparición de Bob Dylan a comienzos de los sesenta fue una auténtica revelación.

Nadie había hecho antes nada semejante.

En un documental producido por Martin Scorsese hace unos años, se ve una actuación del joven Dylan ante un grupo de intelectuales norteamericanos, como Pete Seeger, o el poeta Allen Ginsberg, que asisten sobrecogidos a la interpretación de Mr. Tambourine Man, una poesía cantada muy al estilo de los grandes poetas americanos como Walt Whitman.

La música folk había pasado de recoger canciones tradicionales del oeste o de los años de la Depresión, y había comenzado a crear nuevos himnos, que son hoy parte de la vida cotidiana.

Recuerdese que Blowing in the Wind, estaba en el primer disco de Dylan, si no contamos el proto-disco que le grabaron en la CBS cuando se plantó en sus oficinas con su guitarra pidiendo que le grabasen un disco, cosa que nunca antes había ocurrido.

La emisión de Blowing in the Wind en la radio americana tuvo un efecto como si el mundo hubiese cambiado de repente. Era la primera canción con una letra ajena al tema amoroso que se escuchaba y todos los que la escucharon quedaron pasmados.

A partir de ese momento, que como recuerda Joan Baez, que luego sería su compañera sentimental, fue un fenómeno instantáneo que le convirtió en "vagabundo universal", las canciones de Dylan resonaron en la conciencia de un país conmocionado por el asesinato de Kennedy, la guerra del Viet Nam, y los disturbios raciales.

La música popular ya nunca fue igual.

Los músicos que querían ser alguien comenzaron a escribir poesía para sus canciones. The Beatles, en primer lugar, los grupos de la costa oeste, y luego todos los demás se pusieron las pilas.

Strawberryfields forever no hubiese existido sin Dylan. Ni muchas otras.

Pero nadie tenía su talento.

Cuando la revista Rolling Stone reuníó a un panel de profesionales para determinar las mejores canciones de la historia, la que quedó en primer lugar fue precisamente Like a Rolling Stone, que paradojicamente, había marcado su ruptura con el folk y con sus seguidores de primera hora.

En Estados Unidos hace mucho tiempo que se le considera un poeta y no tanto un cantante pop y sus grabaciones son clásicos como Hojas de Hierba o Poeta en Nueva York.

Yo recomiendo a los que no hayan escuchado su obra que se den una vuelta por los múltiples archivos digitales que existen y escuchen, letra en mano, los quince primeros discos del cantor de Minneapolis.

Y que luego juzguen si eso no es poesía y si la fórmula poesía con música, de tradición tan antígua, no crea un impacto emocional de primera magnitud.

Reconocer que la Literatura no está solo en la fórmula papel impreso es un paso imprescindible para entender nuestro presente.

El mester de juglaría llevaba la palabra a la gente de la calle. La que no estaba en conventos que era por otra parte la única que leía.

Hoy, en un tiempo en que casi nadie lee, las canciones de Dylan han llevado la poesía a los oidos de más gente de la que nunca hubiesen supuesto Virgilio o Homero.

Claro que hay que entender un poco de inglés.

Y hay que comprender que el centro del mundo no está en Móstoles.


              

miércoles, 12 de octubre de 2016

El día del odio a España

La Fiesta Nacional española conmemora uno de los momentos estelares de la Humanidad. El día en que los europeos, en este caso los castellanos, encontraron un nuevo mundo donde se creía que solo había océano hasta llegar a las Indias.

Ese momento cambió la Historia de la Humanidad.

Europa y nuestra civilización greco-latina no hubiesen sobrevivido al ataque turco o a una hegemonía china si hubiesen sido estas dos grandes potencias de la época las que se hubiesen anexionado el nuevo continente.

Y alguien tenía que llegar a las costas del nuevo mundo tarde o temprano. Era solo una cuestión de tiempo.

Tampoco hubiesen sobrevivido las culturas americanas en ningún caso. Su nivel cultural era muy inferior al de turcos o chinos y siempre que se encuentran una civilización superior a otra inferior esta última perece.

Así que los castellanos y los españoles en general tendríamos que sentirnos legítimamente orgullosos de tener nuestro país relacionado con tan importante gesta.

No es así.

El día de nuestra Fiesta Nacional es precisamente aquel en el que los enemigos de España se manifiestan con especial fortaleza.

Nacionalistas de toda procedencia y anti-sistema de ideologías varias aprovechan la ocasión para vomitar todo su odio al país que les vio nacer.

Unos porque afirman que la existencia de España no les permite ser lo que ellos quieren ser y los otros bajo el pretexto de que ellos "no quieren esta España sino otra".

A los primeros nada tengo que decirles.

Los que viven el delirio identitario no son más que unos enfermos de un mal que ha causado tantas desgracias en Europa que parecería mentira que gente razonable se apuntase.

Pero así somos los humanos: preferimos nuestra tribu a un mundo en el que todos podamos ser libres e iguales.

Yo siempre defenderé ese mundo de libertad e igualdad e incluso el estado universal del que hablaron muchas mentes preclaras tras la Segunda Guerra Mundial, pero contra el nacionalismo emocional pocas razones caben.

Cuando se agitan las banderas y se entonan los himnos de la tribu la razón poco puede hacer excepto esperar a que después de la inevitable catástrofe se pueda avanzar un paso más en la dirección correcta.

Pero respecto a los anti-España del podemismo y otras latitudes de la ideología maximalista si hay algo que me gustaría decir.

España no es un juguete al que podamos vestir y desvestir cada cierto tiempo al albur de las modas de la ideolgía o del capricho de algún iluminado que crea haber dado con la fórmula de la felicidad.

España es un viejo árbol de tronco rugosos que ha crecido en esta pobre tierra a lo largo de varios siglos y que ha sido regado con mucho sudor y mucha sangre.

Gracias al esfuerzo de mucha gente y del sacrificio de muchos otros, hemos conseguido que ese árbol que a lo largo de la Historia nunca ha dado para cobijar a todos bajo su sombra, de hoy más sombra que nunca.

Cierto que bajo sus ramas se cobija un amplio número de gentes sin escrúpulos. Que grupos de poder de nula legitimidad siguen mangoneando. Que hay mucha gente que no termina de acceder a los beneficios del sistema. Que nuestras instituciones son mejorables.

Es verdad.

Pero todas esas cosas hay que mejorarlas podando el árbol y nutriéndolo con fertilizantes y no talándolo y plantando otro en su lugar.

Ya lo hemos intentado muchas veces y el resultado ha sido siempre muy malo.

Es hora de que los niños españoles reciban una educación que les permita apreciar lo que tienen, sentirse orgullos de algunas de las cosas que hemos hecho y sobre todo que aprendan que es mucho mejor construir sobre lo existente y arreglar los defectos poco a poco que tirarlo todo abajo y volver a empezar.

Pero naturalmente, para ello hay que empezar por que aprendamos a valorar lo que tenemos.

Si no aprendemos esto tan fundamental, nunca podremos sentirnos llamados a la tarea de conservar y mejorar.

España camisa blanca de mi esperanza quererte tanto me cuesta nada, cantaba un poeta comunista de los años duros del franquismo, Blas de Otero.

Nos hace falta un poco más de amor a nuestro país para podernos sentir nosotros también mejorados en nuestra auto estima.

Amor sin ceguera. Sin cerrar los ojos a los muchos temas que hay que mejorar. Con exigencia y con contundencia. Pero amor.

Y una cierta inteligencia.

Dedicar el día de la Fiesta Nacional a hablar de las vilezas de la alcaldesa de Badalona no es el camino.

Hoy es un día para hablar de España y de lo que este país ha significado para el mundo, y también para reconocer que nunca habíamos estado mejor que ahora.

Nunca.

Algo debemos de estar haciendo bien.

Feliz día de la Fiesta Nacional de España.