viernes, 13 de enero de 2012

Ciberlolita

En 1955 el mundo era mucho mas puritano que hoy en día, aunque lo era en un sentido tradicional, es decir ajeno a los dictámenes del buenismo-feminismo y de lo políticamente correcto, y así cuando Vladimir Nabokov publicó su novela "Lolita", a los guardianes de la moralidad les pareció una obra pornogáfica, pero no les pareció una obra criminal.

Hoy, en 2012, acabamos de vivir en nuestro país una historia tremendamente parecida en su arranque al menos, a la ya añeja historia del profesor Hubert y Lolita.

Aquí también un hombre instruido, informático e ingeniero añaden los comunicados de prensa, supongo que como un agravante de la ofensa, se ha visto envuelto en una pasión prohibida con una jovencita de 12 años, (los mismos de Lolita en la novela), y ha acabado pagando un precio, que en su caso va a ser muy elevado a cambio de su amor, ya que al menos Hubert asesina al marido que Lolita se agencia cuando se cansa de las atenciones del vejestorio al que ha seducido.

Y es que cuando leemos la novela, o vemos la estupenda película que sobre ella realizó Stanley Kubrik, nos damos cuenta de que Hubert, como ahora el ingeniero tarraconense, no son sino víctimas de los perversos encantos de una nínfula.

En Japón, donde la atracción hacia las colegialas con uniforme es una auténtica epidemia nacional, existe una costumbre o uso social según el cual se establecen relaciones entre acomodados caballeros y descocadas colegialas, en las que aquellos proveen de ropa de marca y artilugios electrónicos entre otros regalos a las desprejuiciadas colegialas a cambio de diversos niveles de relaciones sexuales.

Ignoro si se trata de algo perseguido por la justicia de aquel extraño país, pero dadas las peculiaridades niponas y el ansia de las jóvenes por conseguir prendas de marcas de moda, no me extrañaría que fuese algo mas que consentido.

En el mundo occidental sin embargo, se ha decretado que estos comportamientos constituyen un crimen capital y al pobre tarraconense se le va a caer el pelo.

Y eso que durante tres años se venía para Madrid dos veces al mes para verse con la señorita en cuestión, con quien se veía en un hotel, y según la versión oficial con la luz apagada para que ella no puediese ver que "no era" un joven de diecisiete años, "como la había hecho creer a través de internet".

Lo bueno es la moralina que acompaña a toda esta historia, o sea que los jóvenes y jóvenas deben tener cuidado con quien establecen relaciones a través de internet.

¡Que gracia me hace esa prevención!

Seguro que de la pantalla del ordenador de la "niña" salió un encanto que la llevó a acudir con doce años a una cita en un hotel con un admirador a quien no conocía.

Seguro que durante los tres años de la relación ese encanto la mantuvo prisionera.

Ya decía Max Weber que las tecnologías carecen de intencionalidad y que culparlas de nuestros desvarios es un escapismo que insulta la razón.

El propio fin de la relación, que es igual e igualmente inevitable que en la novela de Nabokov, es decir que Lolita se cansa y se busca otro noviete mas de su edad, y la reacción de desesperación y despecho del abandonado "seductor", nos indica bien a las claras quien ha sido la víctima aquí.

En la novela, Lolita termina muriendo en el parto de su primer hijo, siendo así castigada moralmente tal y como requería la ética social de los cincuenta.

Aquí en la realidad del nuevo milenio, la nínfula es una víctima del machismo y terminará convertida en una santa feminista.

Vamos a terminar añorando los tiempos de la guerra fria y del senador McCarthy.

¿Por qué tenemos que aguantar siempre que se nos lleve como a los corderitos por los cercados y se nos marque lo que es correcto y lo que no?

¿Por qué tiene que haber palabras mágicas como en su día fué "comunismo" y ahora es "pederastia"?

¿Es que no podemos juzgar los actos de los demás sin corsés ideológicos?

2 comentarios:

Alejandro Cordón dijo...

Cabe pensar si con 12 años uno es responsable de sus actos... Yo creo que no y la Justicia tampoco. En este caso, que desconozco y que no estaría de más enlazar, parece que un tarraconense se aprovecha de una persona que aunque sepa lo que está haciendo (son 3 años de relación), con esa edad uno no SABE lo que está haciendo.

A veces es necesario marcar qué es lo correcto. Es lo que nos permite vivir en sociedad. Hace años se inventó la religión para poder hacerlo y ahora confiamos en la educación.

La línea que separa las normas de la sociedad de la libertad individual es tan borrosa como necesaria.

En todo caso, espero que nadie que tenga interés en leer Lolita por vez primera pase por este post, porque se destripa entero!

Antonio Cordón dijo...

Un adulto que se enamora de una niña de doce años es un imbecil.

Ser un imbecil no debería ser un crimen peor que el asesinato, y veremos si me equivoco mucho, pero el tarraconense saldrá mas perjudicado que los asesinos de Marta del Castillo.

La Justicia se ha politizado enormemente y las absurdas leyes del menor y discriminatorias para los hombres son sencillamente una aberración.

Aberración que debemos a los buenistas-feministas.